CAMINO DE SANTIAGO EPÍLOGO FINISTERRE: Etapa 2 de Negreira a Olveiroa.

Menuda noche para olvidar. Es lo que tiene dormir en los albergues, puedes tener suerte y que haya un ruido moderado, o que te toque un oso hibernando justo al lado. No habíamos dormido casi nada, todo el mundo estaba igual, excepto el irlandés que bajó tranquilamente con el rostro demacrado, y aplico a raja tabla el dicho que para la resaca lo mejor es tomarse una cerveza por la mañana. Menudo estómago 8).
La salita era un caos, gente haciéndose el desayuno, otros durmiendo en los sofás, otros en el suelo, y la mayoría preparándose para la etapa de hoy. Esta es una de las etapas más largas que vamos a realizar nosotros, cerca de 34 kilómetros hasta llegar a Olveiroa.
Nosotros nos tomamos algo de desayuno para coger fuerzas y empezamos la andadura. Para enlazar con el camino hay que bajar de nuevo por la carretera que lleva al pueblo, y a la altura de la ermita ya veremos las flechas amarillas que nos indican que la senda está a nuestra izquierda.

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Dejar Negreira cuesta lo suyo, y es la parte más “dura” de la etapa. En unos 13 kilómetros deberemos ganar algo de altitud. Partimos de 170 metros sobre el nivel del mar, para llegar al límite del Concello de Negreira con algo más de 400. La subida es cómoda y se hace paulatinamente, pero sobretodo se disfruta y mucho. Fuimos pasando por distintos poblados que me recordaban a lo que eran los pueblos del interior de hace 30 años. Sitios muy tranquilos, donde la mayoría de la población vivía por y para el campo. Ya casi ni recordaba el olor a leche recién ordeñada, o del pan recién hecho. Sólo tenías que cerrar los ojos y trasladarte a otras épocas, que aquí son el ahora.

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Nuestras piernas ya nos pedían un descanso, había que dosificar fuerzas y reponerlas. Nos paramos en uno de los bares que hay a lo largo del camino. Sellamos la credencial y nos pusimos un buen desayuno con café, tostadas, mermelada y mantequilla. Será suficiente para llegar a Olveiroa? Quién sabe. 8).
Con la mitad de la etapa en nuestras botas seguimos el camino entre hórreos, verdes praderas, calles empedradas y tramos de carretera. El cansancio empezó a hacer mella en nuestros pies, ya llevábamos mucho andado y la noche anterior no había sido muy reparadora, pero así es el camino. Llaneando llegamos al kilómetro 25 donde vimos una de las estampas más bonitas de esta etapa, el embalse de Fervenza.

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Desde aquí no debemos dejar la carretera que en cinco kilómetros nos llevará a Olveiroa. En esta recta es cuando llegó nuestra peor pesadilla, llego sin avisar, y cuando nos dimos cuenta un “Buen Caminou” y un irlandés de dos metros nos adelantaba por la derecha. Lo peor es que no venía solo, en su mano derecha llevaba una bolsa del super con comida, y en la izquierda un pack de seis cervezas. Esta noche tendríamos concierto sí o sí.

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Antes de enfilar la recta final, sobre el kilómetro 32 hay un restaurante donde se puede dormir. Es un albergue privado con una zona de acampada. La suerte parecía que estaba de nuestro lado, el gigante estaba allí tomándose una de sus cervezas y todo parecía que pasaría la noche en ese albergue. Nosotros seguimos la carretera de la izquierda que en 2 kilómetros nos llevó al albergue de la Xunta. Este consta de una serie de casas rehabilitadas para el uso de los peregrinos.

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Hay dos sitios para dormir, un “chalet” con dos alturas y un albergue con varias camas. A la puerta del chalet nos abordó un ucraniano. “Vosotros roncáis?”. Le contestamos que no y nos dejó pasar. El tío estaba discriminando los que roncaban y los que no, porque había sido uno de los damnificados de la noche anterior. Por lo visto llevaba ya unos cuantos días durmiendo en el mismo albergue que el irlandés y no había pegado ojo. Nos comentó que había mandado a tres roncadores a la otra habitación, y uno de ellos era Gunter. En fin que pudimos hacernos con una de las dos literas que había en la zona de arriba.

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Después de colocar nuestras cosas nos fuimos a comer. En Olveiroa no hay casi de nada, por lo que nos tuvimos que contentar con un menú de 10 euros, pero de una calidad suprema. Nos deleitaron con una empanada gallega dulce, merluza, postre de la casa y vino, que más se puede pedir. El restaurante hace las veces de Supermercado, con una zona para comprar algunas cosas un poco infladas de precio. A nosotros no nos quedó otra que comprar algo para la cena.
Con un viento del carajo nos dimos una pequeña vuelta por el pueblo. Bajamos hasta el cauce de un rio, pero tampoco teníamos muchas ganas de andar. Sabíamos que hay unos petroglifos de la edad de bronce, pero en el restaurante no nos supieron decir muy bien donde estaban. Así que desistimos y nos fuimos a un bar a hacer lo que mejor se nos da, tomarnos unas cervezas acompañadas de unas tapas de tortilla de patata y una cazuela de arroz recién hecho.

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De vuelta al chalet, el ucraniano nos dijo que el irlandés había llegado pero no le había dejado pasar. Quizás no dijo bien la contraseña jejeje. Nos duchamos y nos fuimos a la zona del comedor a escribir un poco y entrar en calor. Quizás esta había sido hasta ahora la etapa más dura de nuestro camino, pero también una de las más bonitas. Mañana entraríamos de lleno en la zona de la costa gallega. Ya teníamos ganas de ver esas playas, y esos acantilados que tanto nos habían hablado.

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