CAMINO DE SANTIAGO EPÍLOGO FINISTERRE: Etapa 4 Faro de Finisterre y vuelta a casa.

Hoy prisa no teníamos, lo que sí padecíamos era una gran resaca. La noche había sido larga y no habíamos dejado ni gota de licor de yerbas. La gran ventaja del albergue de la Xunta en Finisterre es que te dan un código para entrar por la noche cuando quieras. No sabemos si hubo roncadores o no, quizás ese fue nuestro fallo en etapas anteriores, ponernos hasta las trancas de orujo para no oír a nadie jejeje. Cuando conseguimos levantarnos recogimos las cosas y nos fuimos a desayunar. No hay nada mejor que un buen desayuno por la mañana, unos croissants con mermelada, zumo de naranja y café con leche. Muchos de los que se iban a Muxía aparecieron por allí para un último adiós, otros nos emplazamos para tomar algo más tarde.

La tarea de por la mañana era buscar un albergue. Ya en el de la Xunta nos habían recomendado uno, que por 12 euros nos daban también desayuno. Lo encontramos a pocos minutos del albergue de la Xunta, en la calle principal. Ya de entrada nos gustó bastante, un sitio amplio y muy limpio con taquillas para guardar nuestras pertenencias. Y tuvieron el detalle de ofrecernos un café a los que estábamos allí. Mientras esperábamos, fueron llegando nuestros compañeros de ruta. Aquello parecía la ONU, alemanes, holandeses, americanos, y un japonés. Este último todavía no sabía si se quedaría o no, tenía la feliz idea de ir a dormir a la playa. Ya nos dijo la dueña que días atrás se había muerto uno intentando dormir en la playa.

Una vez dentro nos dimos una buena ducha y a patear Finisterre. El día no había amanecido muy bueno, así que nuestro gozo en un pozo de poder bañarnos en el Atlántico. Aun así Finisterre es un sitio impresionante; paisajes de ensueño, playas de arena blanca, acantilados, una gran riqueza cultural y un largo etcétera.

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Lo primero que hicimos fue ir al museo de la pesca, no porque nos interesara lo que hubiera allí, si no por sus vistas de los acantilados. El mar estaba algo revuelto, y la verdad apetecía muy poco bañarse, una lástima. Muy cerquita había unas escaleras para bajar a otra cala. Aquí sí que había algo más de movimiento y unos pocos habían bajado a disfrutar del poquito Sol que hacía.

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Fuimos con destino al faro y nos paramos en una de las iglesias cercanas al centro urbano. Era bastante pequeña y tuvimos que permanecer fuera. Había bastante expectación por la gente, y nosotros no sabíamos porque. Pronto todas nuestras dudas quedaron despejadas, un coro de chavales de no más de 12 años empezaron a cantar. Eran los finalistas de un concurso, y nos deleitaron con varias canciones que hicieron muy ameno el oficio religioso.

Tocaba volver al albergue y comer algo. Hay varios sitios en Finisterre para poder comprar, siempre teniendo en cuenta que los domingos suele estar todo cerrado. Nosotros fuimos previsores y el día anterior compramos un poco de pasta, queso y un par de botellas de albariño. Como el chiste, allí nos reunimos un alemán, un italiano, un japonés y dos españoles jeje. En la entrada del albergue hay una pequeña salita y una zona para cocinar y comer. Allí nos pusimos a charlar y a cocinar mientras dábamos buena cuenta de las botellas de vino. Aquí se comparte todo, y el que no tiene en ese momento al final lava y recoge. Con estas leyes no escritas dimos buena cuenta de toda la comida y de las dos botellas de albariño, el japonés se metió entre pecho y espalda tres platos de pasta 8). Todos ellos habían estado haciendo el camino francés, nos contaron anécdotas, lo mucho que habían disfrutado y la pena con la que terminaban su “camino”. Todos volvían en bus a Santiago al día siguiente, salvo el japonés que quería llegar a los mil kilómetros y se haría todo el camino de vuelta andando; para ser la primera vez que salía de Japón no estaba nada mal jejeje.

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Después de comer nos fuimos a la playa, justo a la misma donde el día anterior estuvimos viendo el atardecer. El sitio es igual de bonito de día que de noche. El japonés se enfundo en su kimono y como si le hubiera picado una avispa salió corriendo y se metió en el agua jeje. Muy divertido pero muy loco también, y máxime cuando comprobamos que el agua estaba congelada.

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La subida al faro la queríamos hacer al atardecer, por lo que teníamos que cenar prontito. El sitio elegido, como no podía ser de otra manera, fue el O Pirata. Nos pusieron pescado, chipirones, calamares, bígaros, navajas y gambas con un poco de vino joven, de postre tarta de Santiago y unos chupitos de orujo tostado, todo por 23 euros, que más se puede pedir. Sólo se puede decir una cosa, que bien se come en Galicia.

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Nos separaban tan sólo tres kilómetros del faro, la punta de Finisterre, el fin de la peregrinación y de nuestro camino. Ya que nosotros no pudimos hacerla el día anterior, preferimos esperar a andar estos tres kilómetros al atardecer. Es altamente recomendable por lo bonito de las vistas.

El mismo camino que seguimos por la mañana para salir del pueblo, nos lleva hasta el final del cabo. Esta “etapa” es en constante subida y está bastante bien señalizada. Aunque hay algunos tramos en que nos podemos meter por caminos de tierra, casi todo el tiempo vamos a ir por el arcén de la carretera que bordea a la costa. En el lado izquierdo podremos ver la estatua de un peregrino mirando a nuestro objetivo final, el faro.

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El tiempo se nos había echado encima y la oscuridad era ya bastante patente, aun así pillamos un bonito atardecer. Llegamos al mojón del kilómetro cero que es donde esta faro y nos fuimos a la derecha a ver el atardecer. Hay un caminito marcado que termina en unas rocas desde donde se puede ver. Es conveniente no hacerlo muy de noche pues hay tramos en los que no hay senda. Allí disfrutamos de nuestro último atardecer en Galicia, y que mejor que hacerlo en Finisterre, donde todo peregrino del camino de Santiago debería llegar.

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De vuelta al faro nos encontramos con nuestros compañeros de comida, venían de quemar la ropa. Les había gustado mucho eso de quemar cosas, porque era la tercera vez que iban jeje. Es tradición quemar las ropas con las que ha viajado el peregrino, digamos que es como un nuevo renacer. El peregrino quema las ropas y se “desprende” de todo lo vivido para dar paso a un nuevo comienzo. También se tiran las botas, o se dejan colgadas en algún árbol. Nosotros llegamos ya muy de noche, e hicimos lo que pudimos. No queríamos quemar ropa, pero si algo simbólico. Es mejor darle la ropa a alguien que lo necesite, o dejarla en algún albergue.

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La vuelta fue en total oscuridad, menos mal que llevábamos un pequeño frontal. Ya en nuestro albergue, sólo quedaba dormir por última vez en este camino de Santiago.
Nos levantamos bastante recuperados, con el olor del desayuno recién hecho. Nos lo tomamos, y de vuelta al albergue de la Xunta que es desde donde salen los autobuses a Santiago. Hay dos, uno que va directo pero que sale más tarde, y otro que sale a las ocho pero que hay que cambiar de bus. Este último llegaba antes así que lo cogimos. Nos dio tiempo a ver el precioso amanecer sobre el puerto y la playa de la Lagosteira. Muy bonita despedida.

Íbamos prácticamente solos en el autobús, absortos en nuestros pensamientos y viendo por la ventanilla los lugares a los que en días anteriores habíamos llegado andando. Yo creo que fue aquí realmente, con todo el camino terminado, cuando globalizas lo que has hecho y le das la importancia y el mérito que tiene.
Llegamos a Santiago con tiempo suficiente para comprar el tren de vuelta a Madrid. Lo cogimos a las diez de la noche, para que nos diera tiempo de ver un poquito más de Santiago. Lo primero fue ir a la misa del peregrino que nos perdimos a nuestra llegada del Camino Portugués. Tiene lugar todos los días a las doce, y es muy recomendable ir.

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Volvimos a disfrutar de la impresionante catedral de Santiago, una de las más bonitas de España y con gran simbolismo. En la misa se nombran a los peregrinos que han llegado a la tarde del día anterior y en la mañana de ese mismo día.
Tuvimos suerte y unos coreanos habían pagado los 350 euros por que sacaran el botafumeiro. Para verlo bien lo mejor es ponerse en algunas de las alas de la catedral, no en el pasillo principal.

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Tras la misa nos dio tiempo a dar una vuelta por el casco histórico de Santiago de Compostela. Un bonito sitio para recorrer, pasear y también comprar algún que otro recuerdo. Hoy habían llegado muchísimos peregrinos que abarrotaban las calles, algunos continuarían a Finisterre, otros volverían a su lugar de origen como nosotros, pero todos llegaríamos a nuestros hogares de una forma distinta, con nuevas esperanzas, con nuevos retos y con nuevas ilusiones.
BUEN CAMINO A TODOS!!!.

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